Trazar las fronteras entre lo público y lo privado ha sido una preocupación desde la antigüedad clásica; uno y otro concepto han servido como categorías claves para la organización y el análisis político y social, para la jurisprudencia y la praxis jurídica, en los debates morales y políticos. El mundo moderno codificó esta distinción de una manera que ha sido puesta en cuestión tanto por las transformaciones de la vida política como debido a los cambios en la vida privada. De hecho, la mayor parte de nuestras discusiones tienen que ver con redefiniciones controvertidas acerca de qué ha de entenderse como común o de qué modo articular lo particular.
Una de las cosas que reclaman ser correctamente interpretadas para entender el tiempo presente es el hecho de que las cuestiones relacionadas con la identidad impregnan casi todos los aspectos de la vida contemporánea. Si se trata de algo que debe ser interpretado es porque para el liberalismo clásico la identidad no pertenecía a la escena política. El ciudadano era, como el sujeto moderno, alguien abstracto y sin cuerpo. Sus asuntos personales e identitarios no eran relevantes para su actuación pública. Esta situación ha cambiado notablemente. Hay una especie de irrupción de lo privado, de lo personal, en los escenarios públicos, un fenómeno que tal vez tenga su primera condición de posibilidad en el vaciamiento del espacio público, banalizado y ritual, incapaz por tanto de ofrecer significaciones comunes con las que puedan identificarse los sujetos.
Nos encontramos ante un fenómeno de correlativa privatización de lo público y politización de lo privado, que da lugar a una situación de indiferenciación entre las dos esferas, de falta de tensión entre lo público y lo privado, generando algo que bien podríamos entender como una esfera íntima total que, por ser total no es íntima en el sentido tradicional, y que por estar tan fuertemente personalizada no configura un espacio propiamente público. Esta viene a ser la tesis que sostienen Arendt, Sennet, Ariès y Duby, cuando afirman, con argumentos muy similares, que la intimidad se ha hecho con el espacio común, que la muerte del espacio público se corresponde con una sobrecarga emocional de la vida íntima, lo que Rousseau ya había previsto al afirmar que los asuntos domésticos lo invadirían todo. Se ha producido una modificación del marco de condiciones a partir del cual los temas eran identificados y tratados como privados o públicos. El espacio íntimo ya no está rodeado por un mundo público que pudiera representar un cierto contrapeso frente a la intimidad. Valores privados, creencias, exigencias, emociones, sentimientos e identidades adquieren preeminencia sobre cualquier otra consideración en el compromiso público de los ciudadanos. Con ello no sólo se modifica el espacio público mismo; también desaparece propiamente algo así como la esfera auténticamente privada. La intimidad es impregnada por la política, sin que sea fácil determinar quién invade a quién, si lo privado a lo público o lo público a lo privado.Así pues, tenemos una privatización de lo público, por una parte. Aquí podríamos mencionar diversos fenómenos que convierten lo más íntimo en espectáculo mediático. Lo privado irrumpe y es cultivado como tal en el espacio público. Esto vale tanto para los prominentes que dan a conocer su vida privada, como para la gente corriente que se confiesa públicamente en determinados programas televisivos. Otro efecto de este proceso es la personalización de lo político, es decir, el hecho de que las personas sobresalgan por encima de los temas o estos sean tratados como cuestiones personales. La complejidad de la política y el hecho de que los medios giren en torno a las imágenes conduce a la personificación de los acontecimientos. El “lado humano” de las cuestiones políticas (su carácter, estilo, simpatía, talante, popularidad, credibilidad, confianza) adquiere primacía sobre su competencia. Los temas políticos se transforman en asuntos de imagen, sentimientos y dramas personales; el principal instrumento de la acción política es la emoción, la simulación de autenticidad, los sentimientos personales que comunica quien tiene autoridad.
La otra cara de este proceso podría denominarse la politización de lo privado, algo que resulta bien patente si advertimos que los grandes problemas públicos son actualmente problemas vinculados a la vida privada. Como ha advertido Giddens, vivimos en un tiempo en que la misma experiencia privada de tener una identidad personal se ha convertido en una fuerza política de grandes dimensiones. Asuntos que en otras épocas se inscribían más bien en el ámbito privado, que incluso se clausuraban en la intimidad, como el género, la condición sexual, las identidades o la experiencia religiosa, irrumpen en la escena pública con toda su fuerza e inmediatez. El feminismo ha sido uno de los movimientos que más han impulsado esta politización de lo privado y personal, en su afán de cuestionar una codificación de la diferencia de género tras la que se esconde una concepción represiva de la privacidad.


